Canción de la semana

La princesa codiciosa

domingo, 17 de octubre de 2010

Érase una vez una princesa muy muy rica. Vivía continuamente mimada por su padre, el rey más poderoso de aquellas tierras; se pasaba el día mirándose en el espejo, cuidando su piel, perfumándose y vistiendo ropas caras. Tenía a su servicio a los mejores sastres del reino, así como a los mejores médicos de palacio. Se veía joven y distinguida y su mayor ilusión en la vida era encontrar un apuesto joven con quien desposarse.

En palacio vivía también un joven guerrero, no muy diestro con la espada y para nada bello, quien estaba secretamente enamorado de la princesa, pero era consciente de que su amor era imposible.

Cada noche, a hurtadillas, la miraba por la ventana y contemplaba sus hermosos ojos azules.

La princesa era muy caprichosa y siempre tenía un deseo que pedirle a su honrado padre y, cada noche, el regalo que pedía aparecía en la puerta de sus aposentos.

Lo que la muchacha no sabía es que su padre encomendaba a aquel joven la tarea de encontrar esos presentes, pues él tenía mucho trabajo gobernando aquellas tierras.

Aquel guerrero trabajaba muy duro cada día para pagar a los habitantes del pueblo que le proporcionaban los regalos para la hija del rey, lo que le hizo ganar el respeto y la simpatía de todos los pueblos.

Mientras tanto, la princesa era cada día más arrogante y llegaba a perderle el respeto a su propio padre, incluso atreviéndose a planear una estrategia para arrebatarle el trono.

Una noche, cuando todo estuvo listo, la princesa puso en marcha su plan y consiguió matar a su padre, haciendo que todo pareciera un terrible accidente.

A la mañana siguiente, el notario real se dispuso a leer el testamento y la princesa se regocijaba para sí, preparándose para ser la nueva reina.

Cuando el testamento estuvo abierto, sólo pudo leerse: "Sé que mi hija planea matarme. Es probable que no me queden muchos días. Como legado le dejo todo mi amor; espero que la vida le muestre siempre el correcto camino. Hija, quiero que sepas que no te guardo ningún rencor.

Al valiente joven Manfredd, le dono todo mi reino y le convierto en el nuevo señor de todas mis tierras. Sé que con el respeto y la admiración de todas las gentes, serás un gobernante magnánimo y justo".

Soledades Dieciséis: Lost

jueves, 14 de octubre de 2010


De nuevo paseo por estas calles. Cada rincón, cada color, cada segundo me recuerda a ti. Sigues lejos, quizás lo bastante para que ni siquiera llegues a escuchar estas palabras, para que ni siquiera puedas llegar a comprender cuánto te necesito.

Hace tiempo que he dejado de respirar. Mi corazón ya no crepita al recordar tu sonrisa, tus manos y tu deliciosa mirada. Ha muerto la esperanza de volver a encontrarme contigo.

Juré que valía la pena esperar, esperarte. Deseé con todas mis fuerzas que volvieras, que no te hubieras marchado jamás. Pero el destino me había enseñado aquello que antes no había aprendido de la vida. Mi tiempo no vale nada si tú no estás aquí para vivirlo a mi lado… ¿qué es lo que puedo decirte? ¿hay palabra alguna que pueda llevarme de nuevo al cielo de tu abrazo? Parece que sigo pagando una cuenta que yo no había pedido… Lost.

Isolda, Isolda…

Tristán

Resultado: para sostener el sistema público de pensiones, la mejor solución es...

martes, 5 de octubre de 2010

La duendecilla sin suerte

sábado, 2 de octubre de 2010


Imagen obtenida de: http://recursostic.educacion.es/bancoimagenes/web/

Érase una vez que se era, una pequeña duendecilla que vivía en lo más profundo de una montaña. Cada día caminaba más de 10 kilómetros para ayudar a una viejecita q vivía al otro lado del bosque.

La anciana era ciega y no era bien vista por los demás habitantes del bosque, pues tenía fama de huraña y malvada.

Sin embargo, en realidad, la duendecilla pensaba que nadie se había dignado en conocerla realmente y no dudaba en pasear con ella por los parajes cada tarde: le ayudaba a hacer la colada, su comida y el resto de tareas de la casa.

A cada paso, los animales miraban a la duendecilla con una mezcla de admiración y desprecio por juntarse con aquel ser al q todos tachaban de bruja y le hacían la vida muy difícil.

Un año cualquiera, cuyo invierno fue largo y crudo, una grave epidemia asolo el bosque haciendo que todos sus habitantes enfermaran.

La viejecita acogió en su casa a la duendecilla, porque ella no podía regresar a su cabaña

Estuvieron semanas sin poder salir y los animales empezaron a morir.

Todos envidiaban a aquella viejecita y la duendecilla que no habían enfermado y las maldecían por no ser solidarias con los otros. Una mañana, cuando la situación se volvió especialmente grave, la viejecita salió de su casa con un ungüento que fue aplicando en la piel de todos los animales vivos que quedaban, los cuales fueron sanando al instante. Cuando todo el bosque se hubo restablecido, el búho mayor, jefe de la comunidad, pregunto a la viejecita cómo había conseguido aquel remedio; a lo que la mujer respondió: "su ingrediente principal es esencia vital de duendecilla". Nunca más se vio a ninguna de las dos. Se cree que la duendecilla dio su vida por el bosque y la viejecita murió abrazada a su gran y fiel amiga.

FIN