Canción de la semana

Cuento de Navidad

sábado, 27 de diciembre de 2008



El leñador huraño.


24 de diciembre de 1957. De nuevo, la misma historia de siempre. Luces en las calles, nieve en los tejados y esos dichosos niños siempre pidiendo y pidiendo… Definitivamente, ése no era un día que le gustara al señor  Smith. No, él no era feliz.

Mientras estaba terminando de cortar las últimas rachas de leña para su vieja chimenea, tocaron insistentemente a la puerta:

 

-          ¡Noche de Paz, Noche de Amor…!  -decían unos enanos, mientras otro de ellos agitaba una bolsita de tela.

-          ¿Qué demonios queréis? ¡Yo no tengo nada para vosotros!

-          Señor… estamos en Navidad, sólo queremos algunos caramelos…

-          ¡He dicho que no! –dijo aquél hombre de barba blanca poblada.

-          Esta noche tenemos una celebración en la plaza del pueblo, esperamos verle –dijo el chico que parecía más mayor.

Tras esto, los niños se alejaron cantando, como si fueran ajenos al desafortunado encuentro que acababan de experimentar.

Aquel hombre vivía en el bosque, en una casita de madera bien parecida, a unos 2 kilómetros de la plaza del pueblo, donde apenas se dejaba ver para adquirir los alimentos necesarios para vivir.

Iba transcurriendo el día y el señor Smith se sentía bien, a solas en su casa. No necesitaba a nadie. El calor de su casa le hizo sumirse en un profundo y placentero sueño. En él, se vio a sí mismo, con apenas 9 años. Se recordaba cantando villancicos frente a la puerta de su casa, con su bufanda de lana roja. Escuchaba, de lejos, las voces de su padre a su madre y los lloros de ésta, antes de abrir la puerta y salir corriendo. Su padre salió disparado tras ella, pero una mala fortuna con la nieve le hizo resbalar, golpeándose la cabeza contra la farola de la esquina.

Después, se recordó siendo joven, en la casa de Cassidy, aquella chica que había conocido años atrás y de la que estaba perdidamente enamorado desde que su memoria recordaba. Estaba sentado en el sillón, frente al árbol de Navidad, mientras escuchaba de la boca de la chica que no podía ser su pareja en el baile de Navidad, porque se lo había prometido a su mejor amigo.

Al despertar, malhumorado, comenzó a remover la leña y a quemar todos los álbumes de fotos antiguas que todavía conservaba.

Pasó la cena a solas y llegada la media noche se fue a dormir. Sin entender muy bien por qué, comenzó a sentir unas fiebres muy altas y palideció rápidamente. Trató de incorporarse, pero no fue capaz. Comenzó a marearse y quedó adormilado. De nuevo soñó. Y esta vez, se veía en medio de una habitación rodeado de todo el pueblo y con el médico observándole detenidamente. Veía pasar a interesarse al herrero, la panadera, el sastre… Todos tenían miedo de perder a aquél leñador gruñón. Vio también a los niños que habían pasado la tarde por su casa, entregándole una bolsita de pan y azúcar.

Volvió en sí, y comprobó que se encontraba en la misma cama que había visto en sueños. Pero allí sólo quedaba una niñita a la que preguntó:

-          Niña, ¿dónde estoy?

-          En la casa del médico, yo soy su hija Meredith.

-          ¿Y qué es lo que hago aquí?

-          Alguien del pueblo fue a buscarte a tu casa, al no verte en la plaza del pueblo y te encontró desmayado en la cama. Después te trajeron a mi casa.

-          Yo no merezco esto…

La sonrisa de la niña le iluminó el rostro: ésta es la magia de la Navidad.

Soledades Seis: Oleaje

domingo, 14 de diciembre de 2008

Siento que se me ruboriza el alma. Desde un tiempo a esta parte he perdido el norte, es como si nada por lo que había luchado hasta entonces tuviera ahora sentido...

Gritos de dolor y llantos silenciosos. Me dejo llevar por una marea que me va engullendo poco a poco, sin darme un instante para respirar.
Camino sin rumbo, siempre con lágrimas en los ojos y buscándote en la oscuridad. Pero sí, debe ser que te he perdido para siempre...
A veces quisiera volver atrás; otras correr hacia adelante sin freno, pero esto no se acaba y yo me siento fatigado. Cansado de preguntas sin respuesta, de buscar sin encontrar y de descubrir sólo vacío tras la sombra de tus ojos. Esto ya no es para mí. No quiero continuar en este cuento, con un papel ingrato y secundario. Estoy harto de correr detrás de un ideal que no habita más que en mi interior. 
Porque no quiero estar sólo, pero tampoco acompañado. La belleza de lo absurdo. Como la propia vida.

In memoriam

miércoles, 10 de diciembre de 2008

(Continuación de "A Contrarreloj")

De súbito, comienzó a sonar el teléfono escondido en el bolsillo trasero de los tejanos de Lucía. Ella aún estaba débil. Yo no era aún capaz de mover mi pierna maltrecha, pero me ofrezco a contestar:
- "¿Sí, quién es?" -exclamé exhausto.
- "¿Lucía? ¿Quién es?" -dijo una voz al otro lado.
- "Lorenzo..."
- "Un momento... ¿Darío? ¿Dónde estás? ¿Qué haces tú con el teléfono de Lucía?"
- "Mira, no hay tiempo para explicaciones... Estamos en un zulo, no tengo idea de dónde... Ella está a mi lado, sigue en estado de shock. Recuerda quién soy, pero no es
 consciente de nada de lo que ha sucedido antes de llegar hasta aquí... Yo tengo una pierna rota. Apenas hay agua ni comida, y..."
- "Vale, vale... Tranquilo. Ella me había llamado. Decía que quería enseñarme algo que iba a sorprenderme. Estaba segura de que juntos, podríamos ayudarte"
- "No sé... Sólo puedo decirte que antes, mientras dormía, sólo repetía: ¡No! ¡Freneee! ¡Me va a matar! Creo que puede haber tenido un accidente"
- "Está bien. Déjalo en mis manos. Os sacaré de ahí"

◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊◊

El maletín era de cuero viejo. El hombre de rasgos árabes que lo portaba parecía preocupado, pero seguro. Sin apenas mediar palabra con su acompañante, subió las estrechas escaleras de aquél piso viejo, situado en la zona vieja de la ciudad. 
Por su nerviosismo parecía esperar reunirse con alguien importante. Al llegar a la oscura habitación, aguardó pacientemente en una esquina, recostado sobre una silla de madera roída que encontró en una esquina, en la pared junto a la chimenea. 
Aunque sus órdenes de no conocer el contenido de aquel encargo, sino entregárselo al intermediario con quien se encontraría en breve a cambio de lo que éste tenía para él, no pudo resistir la tentación y se dispuso a examinar su interior.   
  
- "Si Al Mansr se entera de esto, soy hombre muerto".

Dentro encontró unas fotos de un hombre con pinta de juez estrechando la mano del que parecía su jefe y otras de dicho individuo portando una maleta muy similar a la que contenía tales pruebas. Así mismo, descubrió múltiples papeles y legajos, algunos a ordenador y otros manuscritos, entre los que pudo leer algunas hojas en que se repetía una misma frase: "yo sé que él es inocente".
Además, encontró un sobre lacrado con una nota dentro: 
- "Bueno, nadie sabrá si yo lo encontré ya cerrado" -se dijo, curioso.

En ella pudo leer:

"He descubierto algo que creo que es importante, pero me da miedo. No sé si debo contárselo a Lorenzo,
            Rosanna"

Cuando iba a dejar todo en su sitio tal y como lo había encontrado, sintió una mano que le asía violentamente por detrás.

Continuará.